2011
09.18

“Planet earth is blue
And there’s nothing I can do”

(Space Oddity, David Bowie)

Estoy reeee orgullooosooooooo...

Bowie: "no la pongo más sin forro"

Pareciera que el destino (o más bien la condena) de los hijos es el de tener que subsanar – o al menos intentarlo- las circunstancias que los padres les legaron como el resultado de un mal gobierno que se extingue – y todos los gobiernos anteriores son malos por definición. Entonces, pienso, el peso de ese sino incómodo debe ser mayor sobre la espalda de aquellos hijos de padres célebres: sus ominosas taras legadas a la vista de todos, como una obra de un solo y largo acto. Y quizás en el apuro por completar los casilleros de este formulario de transferencia generacional – para de una vez por todas escribir la propia historia – los hijos terminan andando y retocando los mismos surcos de los errores de sus padres, añadiéndoles o quitándoles profundidad, haciendo su contribución a la torre de las cosas que, mejor, las vemos mañana. O mejor, nunca.

“Moon” (2009), el primer largo del hijo del Duque Blanco, es una reformulación del drama del aislamiento y la incomunicación (o de su imposiblidad) en la línea de Robinson Crusoe. Pero la trama está ambientada en un futuro no tan lejano, en una isla de metal posada sobre el más melancólico de los astros y rodeada por el auténtico Mar Negro: el espacio exterior.  Y el espacio exterior – como la inversión de nuestras costelaciones interiores- es uno de los grandes temas que atraviesan la obra de papá David Bowie, y también (o primero) es uno de los tópicos por excelencia de la ciencia ficción – después de todo, la experiencia de sentir la propia pequeñez al mirar al cielo no ha variado demasiado desde la era de las cavernas, muy a pesar de que E sea igual a MC al cuadrado.

Sam Bell (Sam Rockwell) es un astronauta -un Major Tom último modelo-, acompañado solo (ambas, contradictorias e indisociables condiciones) por una supercomputadora, Gretty -un Hal 9000 último modelo, que incluye una variedad de emoticones y la voz del enfant terrible Kevin Spacey-, a dos semanas de completar una misión de tres años en la Luna. Y como no podía ser de otra manera, algo extraño sucede: Sam comienza a tener alucionaciones paranoicas y de repente un accidente y ¡pum! la trama se dispara hacia una reflexión sobre la deshumanización de la humanidad, enmarcada en una metaficción de clones, implantes de recuerdos, etc.

Pero allí donde papá Stardust lanzaba la resignada y melancólica sentencia del epígrafe, hijo Duncan (o hijo Zowie, según el sádico bautismo cacafónico de papá que, a esas alturas, ya comenzaba a recortar desde la negritud de su cuna espacial la blanquecina luz de las estrellas hechas polvo), con ese miedo adulto de abandonar los happy endings infantiles, ensaya una suerte de resolución para el drama robinsoniano, pergreñando la salvación (y uno se pregunta la salvación ante qué) del héroe con un justiciera (para el sufrido astronauta Sam) e injusta (para nosotros, los sufridos espectadores) vuelta de tuerca hacia el final del relato.

Existen ciertos relatos que perviven en el tiempo porque nos brindan la posibilidad de seguir cuestioando al mundo en su necesaria imperfección. Es justamente su figura incompleta la que nos habilita a imaginar más y más preguntas y no detener la reflexión. Duncan Jones (huérfano por opción) elige el camino opuesto: se desespera por formular y contestar preguntas, amontonando momentos de epifanías sentimentaloides que intenta aleccionarnos, la mayoría de las veces, sin mucha suerte – se sabe que un patadón de electricidad vale más que mil maternales “eso-no-se-toca”. Así, (nuevamente hijo) Duncan sonríe satisfecho, como un niño que acaban de descubrir rayando las paredes de la casa paterna. Mientras, desde arriba, se ve aquel azul planeta de papá, resplandeciendo blanco a merced de los (gruesos) trazos infantiles de luz redentora.

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  1. mi nokia tiene mas emoticones que Gretty